Sigo contemplando el crucifijo. Nos dice tanto su amor. Le contemplo a la cruz clavado, sufriendo lo indecible por mi amor.

            Al ver Jesús tus manos clavadas, pienso que con el peso de tu SanTisimo Cuerpo, se abrían más tus heridas. Y lo mismo pienso de tus pies clavados. ¡Cuanto sufres Señor! Y si te pregunto por quién sufres, me dirás: por ti, por tu amor.

            Verte así despreciado, Tu que habías hecho el bien por donde ibas, con tantos milagros, obras, enseñanzas. Cuanto sufriría tu Corazón viéndote maltratado, injuriado, despreciado, cuando hacía sólo días, te aclamaba la gente con tanto entusiasmo en la entrada triunfal de Jerualén. Y ahora, cuando te han clavado en la Cruz, te dejan sólo. ¡Que ingratitud!

            Te acompañan los que te quieren bien de verdad, tu SanTisima Madre, San Juan, María Magdalena, y algunos otros. Señor, que yo sea de los que te aman de verdad, y por tu amor acompañe a los más necesitados tanto en el cuerpo como en el alma, en ellos te vea a Ti, mi Dios Amor. Que sepa callar como Tu callabas, que sepa sufrir sin quejarme, como Tu sufrías en la Cruz, que sepa perdonar como Tu perdonaste, que no presuma de mí, pues, nada soy sin Ti, que tenga delicadeza de disimular las faltas de otros, como Tu disimulas las mias, y todo hecho con amor generoso y por tu amor, mi Dios Amor. Comprendo que me he detenido poco para mirar el crucifijo y pensar todo lo que nos dice y nos enseña.