Hace unos días vino a una joven, para ver si le gustaba nuestra vida. Venía recomendada por un religioso, el cual era conocido del monasterio. Estuvo unos días, y le gustó nuestra vida. Más tarde, escribió diciendo que lo había pensado bien, y que se decidía a venir para empezar su vida religiosa.

            Al cabo de unos dos meses, que fueron más de dos meses, vino por fin para comenzar la nueva vida. Llegó contenta y decidida y la acompañaba su director. Después de algunas semanas, la empezaron las dudas pensando en lo que había dejado y en las dificultades que encontraba. De esta forma, comenzó a dudar de su vocación, sin embargo, se veía que ella quería contentar a Dios.

            Escribo esto, para hacer ver como el demonio se mete entre medias para perturbar y enfriar una vocación, o quitarla si puede. Todas esas dudas son tentaciones para estorbar esos buenos deseos de darse a Dios con generosidad. Para combatir todo esto, debe rechazar todas las dudas, y rechazarlas como malos pensamientos. Y con esta disposición, sólo pensar como llegar con más generosidad y fidelidad a la meta que se ha propuesto, que es darse a Dios con una entrega total llena de amor a El mismo.

            El amor todo lo puede, lo difícil lo hace fácil, lo costoso, suave y ligero. Si el demonio ve que no se le hace caso, se retirará, y el alma podrá seguir fielmente su vocación. Así, habrá triunfado, y el Señor la mirará con mucho amor. Verá el Señor que sabe luchar, y que en la lucha sale victoriosa, porque se ve que ama a Dios en espíritu y en verdad.

            Una vocación tan pensada y bien preparada tiene que ser verdadera. Que no nos valla a pasar lo que al joven rico, que por pensar y darle pena lo que dejaba, no fue fiel a la llamada de Jesús. ¡Como disfrutará el demonio viendo que por un puñado de cosas dejamos lo principal, que es seguir a Jesucristo y vivir con El para siempre! Pensemos bien lo que esto supone.

Sor Luisa María