Hoy es día de retiro personal. He leído más acerca de la tibieza. Me ha impresionado lo fácil que es caer en la tibieza por dejarse llevar de la rutina, de la vida cómoda, de no llevar la vida espiritual con el fervor y el amor a Dios con que hay que llevarla, y de tantas otras cosas que pueden hacer que nos enfriemos.

            Me da mucha pena que luchando para dar más amor a Dios, en vez de subir a mayor amor, bajamos a veces por dejarnos llevar de las pequeñeces, yendo a caer en la tibieza, por lo que haremos las cosas con frialdad y desgana, en vez de poner nuestros cuidados y afanes en dar a Dios un amor puro, fiel y generoso.

            Tú, Señor, no me enseñas eso en la Cruz. La Cruz me enseña a ser humilde, a ser generosa con todos, a sufrir callando, a vivir como Tu viviste, y todo hecho por amor a Ti, y por este amor, amar a los demás.

            Es mucho más mérito, el darse que el dar. Hay muchos que dan, pero pocos que se entregan dándose por amor a Dios, y por este amor a los demás. El no mirarse, el no saber el hombre quién es (1) la presunción de tenerse en mucho pensando que se es algo, acarrea un mal grande que es la soberbia. En cambio, el haber conocido nuestra poquedad, el haber venido a conocimiento de cosa tan baja, acarrea desmayo.

            Nunca vi seguridad del alma, sino en el conocimiento de sí mismo. No hay edificio seguro, sino es hecho sobre hondo cimiento. No veo que haya tiempo mejor gastado, que el que usamos en reprendernos y entendernos a nosotros mismos. De lo contrario, seremos como una casa sin luz, como una medida sin medida ni regla, y por tanto, falsa. Y finalmente, hombre sin hombre. En esto cae el hombre que no se conoce ni examina, pues, quién no se conoce, ni se puede regir como hombre, ni se ve, ni se posee a sí mismo. Estos son lo que olvidados de sí, tienen mucho cuidado de mirar las vidas ajenas, mientras tiene los ojos cerrados para sí mismos y para sus defectos. Estos tiene más de cien ojos abiertos velando para saber lo ajeno.


 

     [1] El examen de conciencia como escudo de la vida interior ante el enemigo de la tibieza que se nos presenta.

Sor Luisa María