El Señor ha querido que piense en esta presencia suya en mi alma, en cómo me la hace sentir y experimentar, en cómo me la da estos deseos tan grandes de entrar en mi interior, y vivir esta presencia de Dios con sus intimidades.

            Esta presencia tengo que procurar vivirla con la mayor fidelidad posible. Confío en la gracia de Dios para vivirla según sus deseos. En estos días, el Señor me pone mayores deseos para que la viva. Para ello mi vida tiene que ser de mucha abnegación y amor a Dios. Tengo que estar muy sobre mi, en todas mis acciones, de esta forma el Señor me ayudará con su divina gracia.

            Así lo espero Señor por tu gran misericordia. Al darme estos deseos tan grandes de vivir pensando como Tu, mi Dios Amor, habitas en mi alma por gracia y amor, me das a entender que es para ayudarme a vivir mi vida de perfección.

            Quién mejor que El puede hacer de mi esto, siendo yo tan distraída, y faltándome tanto para llegar a ser verdaderamente fervorosa. Para todo confío en el Señor, yo soy la misma nada.

            Ayer tuve una humillación. Doy gracias al Señor. A lo primero me costó serenarme, pero luego reaccioné, y quedé dando gracias a Dios pues veo que me trata con amor. Necesito mucho que me humillen, y como quiero ser humilde, tengo que dar gracias a Dios cuando se me humilla. Porque, para llegar a ser humildes, hay que pasar y recibir bien por las humillaciones. Y dar gracias a Dios, porque con las humillaciones nos enseña lo que somos, y en ellas reconocemos que estamos llenos de soberbia, sino las recibimos como un regalo de Dios.

Sor Luisa María