Hoy, después de la sagrada comunión, he sentido la presencia de Dios. Diremos que me ha visitado el Señor de una manera especialísima.

            Gracias Señor por tu divina presencia llena de amor.

            No hay presunción en el buen deseo de comulgar por dar gusto a Dios y por alimentar y fortalecer nuestra pobre alma.

            Después de comulgar, cuando menos lo esperaba, ni lo pensaba, y ni me acordaba de estas cosas, yo no me lo podía producir, sentí la presencia de Dios. De momento no me di cuenta de lo que era, tal vez estaría distraída, pero enseguida pensé que era Dios, pues se dejó sentir muy profundo en mi alma. Oí enseguida que me decía, y era Dios el que me hablaba: 

            <<Ves como estoy contigo. Ves como eres mía. Ves como tu alma me es agradable. Ves como me recreo en ella. Ves lo unidos que estamos. Ves que gozas de mi gozo por lo unidos que estamos>>. 

            Yo me sentía una con El. Así veía que todo lo que me decía era verdad. Yo le decía: Señor, no soy nada para que me trates así. No valgo nada. Todo lo espero de Ti.

            El señor me decía: 

            <<Porque te ves nada, y no vales nada, y todo lo esperas de de Mi, por eso me complazco en tu alma, por amor, por los grandes deseos que tienes de Mi. Las gracias que he dado a otros, ¿no te las puedo dar a ti? Soy el mismo, tu Dios Amor. Cuando preguntas esas cosas a la superiora o atu director, nadie te niega que te las pueda dar a ti. ¿Porqué no me crees? Los libros te dicen lo mismo que Yo te hago sentir. Lo mismo que te digo, te lo doy a entender. Te enseño. ¿Porqué dudas? ¡Que más pruebas quieres! Algunas veces me has visto. ¿Va a ser como Tomás, un incrédulo. Dime que más quieres>>. 

            Señor, gracias por todo lo que me das. Señor, deseo amarte con humildad, con pureza, con sencillez. Esperarlo todo de Ti, porque yo me veo sin nada para tanto como te quiero amar. Tú Señor, sabes todo. Ayúdame mi Dios para que te pueda amar según tus deseos y los míos.

            En estos momentos el alma queda abstraída de todo. No pierde el conocimiento de lo exterior, pero es como si lo perdiera, porque no se da cuenta de lo que pasa a su alrededor. El alma será absorbida en Dios y atenta al diálogo con su Dios Amor.

            Que fuerza tiene esta Presencia amorosa de dios, que al dejarse sentir así, hace del alma lo que quiere, sin dominarla. Se gana la voluntad del alma, y esta se ofrece por amor a Dios, a lo que Él quiere de ella.

            Estas cosas si no se experimentan, es difícil entenderlas, porque son difíciles de explicar. Más que difíciles, no se puede llegar a dar una explicación, por no haberla.

Sor Luisa María